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_Una mirada diferente a nuestra compañera de viaje: la Luna
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La primera parte aquí.

Una institución al servicio del pueblo

El Observatorio de París nació con vocación pública prácticamente desde sus inicios, el público abarrotaba las conferencias de popularización de la astronomía y otras ciencias que auspiciaban los diferentes directores de la institución, así que se habilitó un gran auditorio.

De 1813 a 1848 el curso gratuito de astronomía de François Arago se convirtió en una apreciada tradición. Su libro Astronomie Populaire fue un gran éxito traducido a numerosas lenguas y creó un gran interés por a la astronomía, incluso fuera de Francia (véase Los planisferios del profesor Garrido primera parte y segunda parte, Astronomía 136). El sueño de Arago estaba en sintonía con los ideales ilustrados de su tiempo, deseaba formar un público culto dotado para el debate racional tomando como modelo los movimientos celestes.



El gran escritor Víctor Hugo escribiría que uno de los recuerdos imborrables de su vida se produjo durante una visita al observatorio en 1834. Arago le pidió que observara por el telescopio y Hugo replicó que no veía nada. “Está viendo la Luna”, respondió el astrónomo. El escritor seguía insistiendo en que no se veía nada. Entonces Arago le explicó que acababa de emprender un viaje. La Luna ya no se encontraba a 90.000 leguas de distancia como para la mayoría de los mortales, él la estaba viendo desde tan solo 225 leguas. Hugo relata que se dejó llevar por Arago como hiciera Dante con Virgilio durante su descenso a los infiernos. Y entonces, sucedió. De repente amaneció sobre el Promontorium Somnii, Arago enumeraba las formaciones que el Sol iba revelando paulatinamente: el Mons Proclus, Cleomedes, Petavius...Hugo escribió “No hay espectáculo más misterioso que la llegada del amanecer en un mundo cubierto por la oscuridad”.

El insigne Joseph-Jérôme Lefrançais Lalande llevaría la divulgación hasta extremos disparatados. Se cuenta que Lalande instalaba un pequeño telescopio en el Pont Neuf de París para enseñar a los transeúntes las maravillas del cielo, si la gente pasaba de largo y no atendía a su reclamo, el astrónomo se sacaba del bolsillo una cajita de rapé en la que guardaba arañas y empezaba su número. Mostraba las arañas al público y, a continuación, se las tragaba. Cuando se había congregado un grupo numeroso, proseguía con su explicación de los anillos de Saturno o de la Luna como si nada hubiera pasado.
Pero si hay un nombre que destaque en la popularización de la astronomía es el de Camille Flammarion. Su estilo literario extravagante e imaginativo, muy del gusto de la época, lo convirtió en una suerte de Carl Sagan del siglo XIX. Hijo de una familia venida a menos, Flammarion empezó a trabajar a los 14 años como ayudante de un grabador. Durante una enfermedad, el azar quiso que el doctor que lo visitaba se interesara por el manuscrito de astronomía que en esos momentos se traía entre manos. Le aconsejó que se pusiera en contacto con Urbain Le Verrier y así fue como entró en el Observatorio de París. No duró mucho, su espíritu artístico y soñador no cuadraba bien con el trabajo matemático y rutinario que exigía la compilación de tablas astronómicas. Su expulsión del Observatorio, por suerte, no hizo mella en su afán divulgador. En 1880 publicó el famoso Astronomie Populaire, un bestseller de la época y uno de los libros de astronomía más vendidos de todos los tiempos.
El sistema métrico decimal

Antes de la Revolución de 1789, Francia contaba con multitud de sistemas de pesas y medidas que complicaban el comercio y que daban lugar a innumerables litigios. Siguiendo el espíritu de reforma de los nuevos tiempos, el gobierno encargó a la Academia de Ciencias un plan para estandarizar las unidades de medida. Entre los miembros del comité destacaban los nombres de Lagrange, Laplace, Delambre y Méchain. Se decidió que el nuevo sistema tuviera base decimal y que todas las medidas de longitud se definieran en base a la circunferencia de la Tierra. De este modo las medidas adquirían un carácter universal, más fácil de adoptar por el resto de las naciones que la longitud del codo, la pulgada o el pie del rey de turno. En 1795 la Convención fundó el Bureau des Longitudes para mejorar la navegación y supervisar los trabajos del observatorios. El 10 de diciembre de 1799 se adoptaron el kilogramo y el metro como unidades de peso y de longitud. El metro, según la definición de 1791, correspondía a la diezmillonésima parte de la distancia entre el Polo Norte geográfico y el Ecuador terrestre. La medida del arco de meridiano se llevó a cabo varios años antes en distintas partes del globo: en Laponia con la misión de Maupertuis y Clairaut (1736); en Perú (actual Ecuador) con La Condamine, Bouguer, Ulloa y otros (1735) y el arco de Dunquerque a Barcelona medido por Delambre y Méchain (1799) que citamos en la primera parte del artículo. Estas mediciones, plagadas de aventuras, son una de las mayores gestas de la historia de la ciencia.

Siglo XIX

La mecánica celeste fue el principal campo de trabajo del observatorio durante buena parte del siglo XIX. Alexis Bouvard, director durante aquellos primeros años, escribió unas importantes tablas de posiciones de Urano. La precisión de este trabajo permitió determinar ciertas diferencias con las posiciones previstas por las efemérides que le llevaron a plantear la existencia de otro planeta más allá de la órbita del planeta de Herschel.

A Bouvard le siguió en 1834 el físico François Dominique Arago, a quien hemos citado antes, una de las grandes figuras de la época, político de talento, brillante divulgador y científico de prestigio. Arago junto a Fresnel, Fizeau y Foucault es uno de los padres de la astrofísica. En 1839 Arago fue el primero en reconocer la importancia que la fotografía iba a tener en astronomía.

En 1845 Léon Foucault, famoso por el experimento del péndulo que demostró la rotación de la Tierra (experimento, por cierto, que se llevó a cabo por primera vez en el Observatorio de París), e Hyppolyte Fizeau realizaron la primera fotografía solar de la historia. El daguerrotipo no consiguió mostrar mucho detalle, pero a partir de entonces la fotografía abre un interesante campo de trabajo. Foucault introdujo el aluminizado de los espejos en los telescopios reflectores, inventó un siderostato y fabricó diversos telescopios, algunos de los cuales se pueden ver en la planta baja del edificio Perrault.

Uno de los telescopios fabricados por Foucault


Foucault y Fizeau llevaron a cabo las primeras mediciones en laboratorio de la velocidad de la luz siguiendo la sugerencia de Arago.

El nombre de Arago también está ligado al meridiano. El meridiano de París se extiende a lo largo del suelo de la ciudad en una línea de unos ocho kilómetros de longitud y está marcado mediante una serie de medallones metálicos circulares orientados en la dirección norte-sur con el nombre de Arago en relieve. Aunque han desaparecido algunos de los 135 medallones originales, todavía es fácil encontrarlos en los lugares más insospechados. Por ejemplo, durante mi estancia en París encontré uno en el Ala Denon del Museo del Louvre.

Uno de los medallones de la meridiana de Arago en el Observatorio de París


El refractor de Arago

Arago supervisó la construcción del refractor Brunner de 15 pulgadas (38 cm) de diámetro y nueve metros de focal que aún se conserva bajo la gran cúpula de cobre de la torre oriental del observatorio. Los trabajos comenzaron en 1846 y terminaron ocho años después bajo la dirección del siguiente director. Este refractor fue el más grande de su tiempo junto con los telescopios de los observatorios de Pulkovo (Rusia) y Harvard (Estados Unidos).

Una vista de la azotea con el pilar geodésico


El telescopio está instalado sobre la montura ecuatorial alemana, el objetivo original fue obra del óptico Noël Lerebours, pero su calidad no era buena y tenía que usarse un diafragma para evitar la aberración de los bordes. Los hermanos Paul y Prosper Henry, dos ópticos excepcionales, pulieron una nueva lente que es la que se conserva en la actualidad. Este telescopio se ha utilizado sobre todo para el estudio de cometas, asteroides, ocultaciones de estrellas por la Luna y, más recientemente, estrellas dobles.




Con un diámetro de 13 metros, la cúpula fue la mayor del mundo en su época. La cubierta de cobre tiene un peso de 20 toneladas, ¡una fortuna con la cotización actual del metal!

Uno de los aspectos que más me llamó la atención durante mi visita fue el sistema de sustentación de la columna del telescopio, que no descansa sobre un pilar. El montaje se apoya sobre las paredes de la torre octogonal a través de un sistema de armadura metálica de carrusel.

Portezuela de acceso al sistema de carrusel

Sistema de sustentación de carrusel


El descubrimiento de Neptuno

El principal logro de mediados del siglo XIX fue el descubrimiento del planeta Neptuno por parte de Urbain Jean Joseph Le Verrier. En Inglaterra, de forma independiente, John Couch Adams también había calculado la posición del nuevo planeta. Sin embargo, Adams no publicó su trabajo y sus resultados solo estuvieron al alcance de unas cuantas personas en su país. El 23 de septiembre de 1846 Johann Gottfried Galle descubrió visualmente Neptuno desde el observatorio de Berlín. Dado que Le Verrier sí había publicado sus cálculos en tres artículos y el trabajo de Adams solo se conoció de manera informal en Inglaterra, se suscitó una pugna entre los dos países por el reconocimiento del descubrimiento. En la actualidad se considera a ambos astrónomos codescubridores del planeta.

El trabajo matemático que permitió localizar el nuevo planeta fue todo un logro del intelecto humano. Le Verrier fue, en palabras de Arago, “el hombre que descubrió un planeta en la punta de su pluma”.

Le Verrier también fundó el servicio meteorológico nacional, que adquirió el rango de ciencia con la incorporación del telégrafo. Gracias al telégrafo en la década de los setenta del siglo XIX se sincronizaron los relojes públicos de París. En 1864 fundó la asociación francesa para el patrocinio de la investigación científica y la difusión de sus descubrimientos a la sociedad civil.
A pesar de su excelencia como descubridor, Le Verrier gestionaba el observatorio de forma despótica, el personal estaba muy descontento con sus métodos. El mismo Camille Flammarion, como decíamos antes, fue una de sus víctimas, fue despedido tras la publicación en 1862 de La Pluralité des mondes habités donde planteaba la existencia de vida extraterrestre. Flammarion diría que la vida de Le Verrier “habría sido más útil para la Ciencia y la Humanidad si hubiera tenido un carácter más sociable y hubiera mostrado un amor más desinteresado por el progreso”.

Se dice que Le Verrier desdeñaba la observación, llegando incluso a rechazar mirar por el telescopio para ver el planeta que él mismo había descubierto.

Entre las medidas establecidas por Le Verrier en el Observatorio se incluía un sistema de pago proporcional al número de mediciones de posiciones estelares realizado cada noche, algo que, obviamente, iba en detrimento de la precisión del trabajo de los astrónomos. El clima laboral se deterioró hasta tal punto que los catorce astrónomos que trabajaban en el observatorio dimitieron en bloque y forzaron la expulsión de Le Verrier como director en 1870. Su sucesor fue Charles-Eugène Delaunay, un gran estudioso de los movimientos de la Luna con quien tuvo numerosos encontronazos a causa su teoría lunar. En 1873 Le Verrier recuperó el puesto de director tras la muerte accidental por ahogamiento de Delaunay. Durante esta nueva etapa como director, los modos se suavizaron y no hubo tantas disputas como en el pasado, algo motivado en buena parte por la enfermedad que ya aquejaba al anciano astrónomo. La tumba de Le Verrier está a poca distancia del Observatorio, en el cercano cementerio de Montparnasse.

Tumba de Le Verrier en Montparnasse


El siguiente director, el madrileño Amédée Mouchez, fue un gran impulsor del uso de la fotografía y de la modernización de la instrumentación. Intentó sin éxito la fundación de un nuevo observatorio, después del mal estado en que quedó el Observatorio de París tras la guerra con Prusia. Gracias a la colaboración de los hermanos Henry se inició la gran empresa internacional de cartografiar el cielo fotográficamente.

En los años siguientes cabe destacar la instalación en 1882 del refractor coudé de 23,6 pulgadas inventado por Moritz Loewy. Este diseño permitía observar con una comodidad sin precedentes. El instrumento hacía llegar la imagen hasta una habitación con calefacción en la que el astrónomo podía acercar el ojo al ocular. Este instrumento permitió a Loewy y su compañero Pierre Puiseux hacer fotografías de la Luna durante más de dos décadas. Las diez mil placas fotográficas siguen siendo, a día de hoy, un excelente documento para el estudio de nuestro satélite.

Esquema del refractor coudé


El proyecto Carte du Ciel

En 1887 el Observatorio de París albergó un congreso de astrofotografía, el primero de su clase, en el que más de cincuenta astrónomos de varios países plantearon la confección de un atlas celeste fotográfico. La idea era obtener una imagen de todo el cielo a través de dos series de cartas fotográficas en la que participarían diversos observatorios de todo el mundo. La primera serie, con una exposición de 15 minutos, debía captar estrellas hasta magnitud 14. Se pretendía que sirvieran como documento para poder comparar las posiciones estelares con las de mapas futuros para ver los cambios. El segundo conjunto de cartas se realizaría mediante exposiciones más cortas, de solo dos minutos, para determinar la posición astrométrica en un catálogo de todas las estrellas hasta magnitud 11. La confección del catálogo era la parte más ambiciosa del proyecto.

Cúpulas del edificio Cartes du Ciel

Astrógrafo de los hermanos Henry


En la tarea participaron dieciocho observatorios de todo el mundo, entre ellos el Real Observatorio de la Armada de San Fernando. Casi la mitad de los observatorios se equipó con un astrógrafo similar al que habían desarrollado los hermanos Henry en París. Se trataba de un instrumento de 33 cm de objetivo y una distancia focal de 3,43 metros. El resto encargó sus telescopios al constructor dublinés Howard Grubb.

La distancia focal se había determinado de modo que en las placas un minuto de arco correspondiera a un milímetro. Para que el proyecto llegara a buen fin era necesario tomar tres exposiciones con ligeros desplazamientos. En un principio se pensó que el proyecto tardaría unos diez o quince años en completarse. La realidad fue muy distinta. La tarea titánica de cartografiar todo el cielo nunca llegó a completarse, se realizaron más de 10.000 negativos y el proyecto se dio por concluido oficialmente en 1970. Cabe pensar que este proyecto se emprendió antes de que la técnica fotográfica estuviera madura y, por tanto, quizás fuera demasiado ambicioso para la época.
Uno de los problemas fue el uso de coordenadas rectangulares, menos prácticas que las habituales coordenadas ecuatoriales de ascensión recta y declinación. El proceso de transformación de coordenadas era muy tedioso antes de la introducción del ordenador. Pero lejos de ser un proyecto infructuoso, la combinación de los datos obtenidos con los del satélite astrométrico Hipparcos de la ESA ha permitido determinar el movimiento propio de 2,5 millones de estrellas.

Tabla: Observatorios participantes en el proyecto Carte du Ciel


Los últimos años

Tras la primera guerra mundial el Observatorio de París asumió la responsabilidad de ofrecer la hora oficial de Francia. En un principio se utilizó la Torre Eiffel para emitir las radioseñales horarias. En la planta baja del edificio Perrault se conserva una interesante muestra de relojes parlantes, dispositivos que ofrecían automáticamente una locución grabada de la hora oficial. En 1933, Ernest Esclangon creó el primer servicio telefónico de hora del mundo. En su primer día, el 14 de febrero de 1933, se recibieron más de 140.000 llamadas.

Un ejemplar de la colección de relojes parlantes del observatorio


En los últimos años, la plantilla del Observatorio de París ha aumentado hasta más de 700 científicos, técnicos y administradores que trabajan en las sedes de París, Meudon, Grasse y Nançay. La mayor parte del personal trabaja en el antiguo Château de Meudon, observatorio fundado en 1876 por Jules Janssen y situado a cuatro kilómetros al sudoeste de París. Las oficinas administrativas y los equipos de astrometría siguen estando en el edificio histórico de París.

La amplia colección de instrumentos históricos, sus valiosos fondos documentales y el papel internacional del observatorio en la historia de la Astronomía justificaron en 1973 la creación del actual museo. Las visitas individuales se realizan el primer miércoles de cada mes y se deben concertar con varios meses de antelación a través de la página web del Observatorio.

Agradecimientos

Quiero expresar mi gratitud a Ángel Gómez Roldán, director de AstronomíA y a Annia Domènech, divulgadora científica, por las gestiones que facilitaron mi visita. Agradezco muy especialmente sus atenciones al señor Nicolas Lesté-Lasserre, director de comunicación y mediación científica del Observatorio de París, que nos brindó un interesante recorrido por el pasado y el presente de la institución.

Todas las fotografías son obra del autor y se reproducen con permiso de Observatoire de Paris

Bibliografía y enlaces

  • HEILBRON, John. L. The Oxford Guide to the History of Physics and Astronomy. Oxford University Press. Nueva York, 2005.

  • HOCKEY, Thomas (Ed.). Biographical Encyclopedia of Astronomers. Springer. Nueva York, 2007.

  • KRISCIUNAS, Kevin. Astronomical Centers of the World. Cambridge University Press. Cambridge, 1998.

  • BRUNIER, Serge y LAGRANGE, Anne-Marie. Great Observatories of the World. Firefly Book. Nueva York, 2005.

  • KING, Henry C. The History of the Telescope. Dover Publications. Nueva York, 2003.

  • SHEEHAN, William, DOBBINS, Thomas. Epic Moon. A history of lunar exploration in the age of telescope. Willman-Bell Inc. Richmond, 2001.

  • AUBIN, David, BIGG, Charlotte y SIBUM, H. Otto (Ed.). The Heavens on Earth. Observatories and Astronomy in Nineteenth-Century Science and Culture. Duke University Press. Durnham, 2010.

  • MURDIN, Paul. Full Meridian of Glory: Perilous Adventures in the Competition to Measure the Earth. Springer. Nueva York, 2008.

  • Página web del Observatorio de París http://www.obspm.fr


  • Artículo publicado originalmente en la serie Destinos Astronómicos de la revista AstronomíA, 169-170 (julio/agosto de 2013).


    Enlace 2013-08-03, 14:22 | 4 comentarios

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    Comentarios

    1
    De: Juan Antonio Fecha: 2013-08-03 16:36

    Excelente artículo, Paco.



    2
    De: Rafa Fecha: 2013-08-03 21:02

    ¡Enhorabuena, Paco! Aprovecho para felicitarte por toda esta serie de artículos que nos acercan un poco más a esos Destinos Astronómicos.



    3
    De: carlos cassini Fecha: 2013-08-03 23:24

    Gracias,lo esperaba.



    4
    De: Mizar Fecha: 2013-08-05 08:59

    Gracias por los comentarios :-)



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